martes, noviembre 29

Vayamos a comer...



Se marcharon a comer.

Mientras comían ya no hablaban, se miraban solamente adivinando lo que el otro pensaba en veces y otras tantas con la certeza de saberlo, y entonces sonreían. Es tiempo de rutina, costumbre, rota en momentos por destellos en sus miradas o una que otra palabra que no era común escuchar. Siempre disfrutando hasta del mínimo detalle.
– Tienes un poco de crema ahí – le dijo señalando en su propio rostro el sitio
– ¿Aquí? – señalando él, el sitio equivocado a propósito
– No, aquí – y le dio un beso con la intención de hacer una caricia y limpiarle el rostro. Era algo que estaba acostumbrado a hacer – ¿Podemos ir a caminar un rato? Ahora que ambos tenemos tiempo –
– Si, a donde quieres que te lleve –
– Llévame lejos, donde nadie nos pueda alcanzar nunca, donde nadie quiera separarnos, donde tú y yo siempre estemos juntos – dijo agachada y prendada de la manga de la chamarra de él.
Renato la miro de una forma que la misma Camila sabia que utilizaba pocas veces, la tomo suavemente de la mano que poco a poco fue apretando con los dedos entrelazados
– Suicidémonos, así estaremos juntos para siempre –

Aquella propuesta había sido absoluta, Camila sabía muy bien que no iba en serio pero la había hecho sonreír como hacía mucho tiempo, sus ojos destellaban como los de un gato que a media noche refleja la luz de algún lado. Se había emocionado y su corazón palpitaba como loco, con las claras intenciones de no detenerse jamás.

Una depresión repentina se apodero de su corazón y sentía la necesidad apremiante de demostrarle, lo mucho que lo amaba, lo mucho que lo quería. Toda la tarde se la paso repitiendo la misma frase, que aun a Renato preocupaba por tan continua repetición, y por mas que le preguntaba porque le decía lo que le decía, ella siempre contestaba lo mismo que al principio “Simplemente quiero decírtelo. ¿No puedo?”

Así Renato termino aceptando que no podía hacer otra cosa más que seguirle el juego y esperar que lo que estuviera mal en ella aquel día, por fin dejara de estarlo, y pudiera volver a la normalidad, ya que le provocaba un sentimiento – al principio débil, que después de fue intensificando con el pasar de las horas – se convirtió en una culpa tan pesada como una piedra de molino atada a su cuello. Se sentía culpable por la tristeza de Camila, aunque no encontraba una explicación racional para esta. Y poco a poco a él, lo iba embargando una desesperación atroz.

miércoles, noviembre 16

Ausencia... Distancia... Dolor...



Se que me castigas con tu ausencia
Embriagada por la soledad que me inunda el alma
Perdida por la pena que me anega
Muriendo poco a poco
¿Porque me dijiste adiós?
¿Porque no simplemente fuiste tu el que se alejara?
¿Porque no sencillamente me dijiste que no me amabas?

Ahora camino en círculo dentro del ciclo
de mi alma moribunda y atormentada
Dolor para donde mire
Mientras grito desesperadamente: ¡¡¡Vuelve!!!
Pero parece que ni tú, ni nadie me escuchan
Me creo merecedora de tu olvido
Cuanto te necesito aquí conmigo
Pero ahora es imposible
Tú me has olvidado
Pase a ser solo un triste y desafortunado recuerdo
Ahora tengo mi castigo.

Mientras mi corazón se congela poco a poco
Por el invernal frio de tu indiferencia…


Desde hace 3 días
El lamento de un ser atormentado
Por la falta del ser amado
Llena mis oídos
De una pena muy honda
Muy profunda
Y muy lastimera.

Puedo escucharlo gritar:
“¿Cuánto mas durara este sufrimiento?
O me matan o me devuelven a su lado
Es mejor la muerte
Si no me regresan a su lado…
Porque este dolor de todos modos
Me esta matando”